La representación del pueblo mapuche en los medios sigue marcada por la invisibilización de sus voces, lenguas y culturas. Un estudio de la UNESCO, que analizó 308 organizaciones mediáticas indígenas de 74 países, reveló que el 73% identifica la falta de recursos financieros como una de sus principales dificultades. En Chile, el Observatorio del Derecho a la Comunicación registró 424 vulneraciones contra la prensa entre 2022 y 2025, un 69,4% más que en 2022. En medio de este escenario, espacios comunitarios como Chezungun buscan disputar el relato y abrir un espacio para contar desde la propia voz mapuche.
La televisión estaba encendida mientras calentaba el agua para su café de cada mañana. . Era una escena cotidiana: el agua comenzaba a hervir en la cocina y las noticias avanzaban al otro lado del living comedor. Pero esa mañana, una de las historias que aparecían en la pantalla llamó especialmente su atención.
Se trataba de la desaparición de Julia Chuñil y de la investigación en torno a su caso. Mientras escuchaba a los periodistas, algo le incomodó. En la pantalla, según recuerda, integrantes de la familia eran vinculados con la desaparición antes de que, a su juicio, existieran antecedentes suficientes para responsabilizarlos.
“Sin tener pruebas, sin tener nada, ellos ya los dan como culpables”, recuerda.
No era solamente lo que se estaba contando. Era también quienes podían contar su propia versión y quienes quedaban fuera del relato. Para ella, aquella cobertura volvía a mostrar una forma de representar al pueblo mapuche que conocía desde hacía años: una mirada construida desde afuera, en la que la violencia, el conflicto y la sospecha suelen ocupar más espacio que la cultura, la lengua o la vida cotidiana.
Aquella mañana, frente a la televisión y con el café todavía por preparar, surgió una pregunta que atraviesa también su trabajo: ¿quién cuenta las historias del pueblo mapuche y desde dónde las cuenta?
Contar desde adentro
El lugar desde donde se busca responder esa pregunta está lejos de parecerse a los grandes estudios de televisión. Hay cámaras sobre trípodes, focos apoyados contra las paredes, sillas de plástico y una mesa cubierta por un mantel rojo. En distintos rincones aparecen fotografías y afiches que hablan de las historias que se cuentan en el canal. No hay grandes decorados ni una multitud detrás de las cámaras. Hay, en cambio, equipos que se mueven de un lado a otro y personas que, después de sus jornadas laborales, preparan el espacio antes de comenzar a grabar.
Es uno de los espacios de Señal 3 La Victoria, un medio comunitario en el que la televisión se construye con los recursos disponibles y desde una lógica distinta a la de los grandes canales.
La cámara no llega aquí únicamente cuando ocurre un hecho que puede convertirse en noticia. En Chezungun, se detiene también en la lengua, las tradiciones, las historias y las formas de comprender el mundo que pocas veces ocupan el centro de la pantalla. El espacio aborda la cultura y la cosmovisión mapuche desde una perspectiva propia.
Detrás de ese trabajo está Bernarda Ibarra, aunque quienes comparten este espacio con ella la conocen como Beña. Es comunicadora de Señal 3 La Victoria y forma parte de Chezungun. También sale a terreno para cubrir manifestaciones y otros acontecimientos.
Set de grabación “Francisca Sandoval” de Chezungun, Canal Señal 3 La Victoria
Desde este lugar ha podido observar una diferencia que, para ella, resulta fundamental:
“La diferencia de nosotros con Chezungun, vamos a la cosmovisión, vamos a la problemática que tiene el pueblo mapuche, que es la estigmatización”.
Para Beña, la diferencia también radica en el lugar desde donde se construye el relato.
A diferencia de buena parte de la cobertura tradicional, que aborda al pueblo mapuche a partir de la contingencia, Chezungun intenta detenerse en aquello que queda fuera de la noticia urgente: su cultura, su lengua, sus formas de entender el territorio y una cosmovisión que no siempre encuentra espacio en los medios.
No se trata de dejar de hablar de los conflictos que involucran al pueblo mapuche. Se trata de que estos conflictos no sean la única forma de hablar de él.
Esa ausencia de otras miradas es una de las preocupaciones que advierte Javier García, presidente del Observatorio del Derecho a la Comunicación.
Desde su experiencia, existen dos problemas que se relacionan entre sí:
“Uno por ausencia de voces del pueblo mapuche hablando de su identidad, de su cultura, con espacios propios, con espacios en su idioma. Pero luego, cuando hablan del pueblo mapuche, hablan y solamente lo vinculan a hechos noticiosos que […] tienen que ver con situaciones de violencia.”
Cuando una comunidad se asocia de manera reiterada a una misma imagen, esa representación puede influir en la manera en que las audiencias comprenden a ese grupo.
Walter Lippmann ya advertía sobre este proceso en Public Opinion, publicado en 1922. El autor planteaba que las personas construyen imágenes mentales de una realidad que muchas veces les resulta inaccesible. Estas representaciones funcionan como esquemas a través de los cuales interpretan aquello que conocen de manera indirecta.
En los medios, esta idea adquiere especial relevancia: si en una comunidad aparece una y otra vez asociadas las mismas características, esas imágenes pueden convertirse en una de las principales referencias a partir de las cuales una audiencia la comprende.
Eso permite volver a la pregunta que atraviesa esta historia. Si las noticias muestran al pueblo mapuche principalmente a través del conflicto, ¿qué ocurre con todo aquello que queda fuera de ese encuadre?
También importa cómo aparecen
El Manual de buenas prácticas para la difusión mediática de temas mapuches, elaborado por Paula Huenchumil Jerez y Stefanie Pacheco-Pailahual en 2021, se propone como una herramienta para periodistas, estudiantes y medios que abordan temas indígenas. El documento analiza cómo la prensa ha construido imágenes sobre el pueblo mapuche y advierte sobre problemas como la folklorización, la invisibilización, la criminalización y la falta de voces indígenas.
Su propuesta apunta a una cobertura más contextualizada, que considere otras formas de comprender el mundo y reconozca la diversidad de los pueblos indígenas.
Para Beña, esa diferencia puede manifestarse incluso en una sola palabra.
Cuenta que en algunas coberturas las ceremonias mapuches son denominadas como “rituales”. Para ella, no es lo mismo. Existen códigos y significados que deben ser respetados, y no todo está destinado a ser registrado por una cámara.
“Porque no es llegar a grabar, y hay cosas que no se graban. A muchos periodistas les cuesta entender que hay ceremonias que no son para grabar. Cuando se autorizan las grabaciones, se les dice, pero no falta el periodista hegemónico que quiere grabar todo, y así no funciona.”
Hace una pausa y vuelve sobre la misma idea:
“El pueblo mapuche tiene sus reglas y, por respeto, hay que seguirlas.”
El problema, entonces, no termina cuando una cámara consigue entrar en un lugar. También está en comprender qué significa aquello que se está registrando y cuáles son los límites para mostrarlo.
En Chezungun, se busca construir esa comprensión desde otro lugar. La atención se dirige hacia aquello que habitualmente queda fuera de la noticia urgente: la cultura, la cosmovisión y el mapudungun.
Para Beña, la lengua no es solamente una herramienta para comunicarse, sino parte de su origen y de su identidad. Su presencia en los medios también significa mantenerla viva en los espacios públicos.
Es ahí donde la discusión sobre representación deja de ser solamente una cuestión de lenguaje. También se convierte en una pregunta sobre quién tiene la posibilidad de contar, nombrar y explicar su propia realidad.
Cuando la voz propia también es noticia
La posibilidad de contar desde ese lugar no es menor. Para Javier, la existencia de espacios propios responde a una carencia que los medios tradicionales todavía no han logrado resolver. No se trata solamente de incorporar ocasionalmente a una persona mapuche como fuente, sino de permitir que existan espacios en los que las propias comunidades puedan decidir qué contar, cómo hacerlo y en qué lengua.
«Es clave que lo hagan los medios nacionales, pero también los medios locales. Pero si no lo hacen los medios locales, (es necesario) potenciar que haya medios de comunicación de las propias comunidades», explica.
En su opinión, cuando esos espacios no cuentan con apoyo suficiente, las iniciativas comunicacionales de las comunidades quedan en una situación de mayor fragilidad. La falta de políticas públicas destinadas a fortalecer los medios comunitarios y las dificultades para acceder a concesiones o recursos terminan limitando la posibilidad de que estas voces tengan una presencia sostenida.
Esta preocupación también aparece en el estudio Pueblos indígenas y los medios, presentado por la UNESCO en 2025. La investigación, que reunió información de 308 organizaciones mediáticas indígenas de 74 países y de 128 medios no indígenas de 41 países, concluyó que los estereotipos, la infrarrepresentación y la falta de voces indígenas continúan presentes en los relatos de los medios no indígenas.
Los datos muestran, además, las condiciones en que operan estos medios. El 61% de los medios indígenas incluidos en el estudio fueron fundados por pueblos indígenas, mientras que el 70% de estos medios cuenta con menos de diez trabajadores remunerados y casi uno de cada cuatro funciona sin personal remunerado. El 73% identifica la falta de recursos financieros como una de sus principales dificultades.
El escenario descrito por el organismo multilateral se refleja, en algunos aspectos, en lo que ocurre detrás de las cámaras de Chezungun: pocos recursos, equipos reducidos y personas que sostienen la producción con los medios que tienen a su alcance.
Pero también existe otra diferencia.
En los medios indígenas y comunitarios, la presencia de voces propias puede modificar aquello que llega a la pantalla. La UNESCO señala que incorporar las voces, lenguas, conocimientos y expresiones culturales indígenas fortalece el pluralismo y la diversidad de los medios y permite que estos representen mejor a la sociedad.
Una cámara también decide qué historia queda en pantalla
Pero contar desde adentro no significa estar fuera de los conflictos que atraviesan el ejercicio periodístico.
Beña también sale a la calle. Su trabajo no termina en el estudio de televisión. Cuando hay una manifestación, toma la cámara y se desplaza hasta el lugar donde ocurre. Allí vuelve a enfrentarse a una pregunta parecida, aunque desde otro ángulo: qué mostrar y cómo hacerlo sin reducir lo que ocurre a una sola imagen.
Ese trabajo se desarrolla en un escenario en el que las vulneraciones contra la prensa han aumentado. El informe Vulneraciones contra la prensa 2022-2025, elaborado por el Observatorio del Derecho a la Comunicación, registró 424 vulneraciones y 485 personas o entidades afectadas durante el período. En cuatro años los casos aumentaron un 69,4% al pasar de 85 en 2022 a 144 en 2025.
Pero detrás de esas cifras generales hay diferencias en la manera en que las agresiones afectan a hombres y mujeres.
El informe registra 141 casos asociados a mujeres, que representan el 29,07% de las víctimas identificadas. Aunque los hombres concentran más casos en términos absolutos, el ODC advierte que las agresiones contra mujeres periodistas presentan mayores niveles de reiteración, exposición y hostilidad en el entorno digital.
La diferencia no está solamente en la cantidad de agresiones que enfrentan, sino también en la forma que estas adoptan.
En 2024, el informe anual del ODC registró 21 casos de discurso estigmatizante. De las 24 personas afectadas por este tipo de vulneración, 13 fueron mujeres. Ese mismo año, el Observatorio identificó un aumento de las agresiones contra trabajadores de televisión durante coberturas en terreno.
Para Javier, esta vulnerabilidad adquiere características particulares cuando se trata de mujeres que cubren temas indígenas. Algunas, explica, pueden quedar encasilladas únicamente en ese tipo de coberturas. Otras enfrentan discriminación por utilizar vestimenta cultural o un mayor nivel de hostigamiento o cuando sus coberturas son interpretadas como una toma de posición.
En el caso de Beña, esa exposición ocurre mientras trabaja cámara en mano y en un medio que conoce de cerca los riesgos de hacer periodismo en la calle.
El 1 de mayo de 2022, Francisca Sandoval, comunicadora de Señal 3 La Victoria, recibió un disparo mientras cubría las manifestaciones en el barrio Meiggs. Murió doce días después. El ODC identifica su caso como el primer homicidio de una comunicadora en ejercicio desde el retorno a la democracia.
La historia de Francisca no es la historia de Beña. Pero su nombre permanece en la memoria del canal y permite dimensionar los riesgos del entorno en el que Beña continúa trabajando.
Beña recuerda, además, haber visto situaciones de discriminación y burlas hacia personas mapuches durante coberturas de marchas. Para ella, esos momentos vuelven a demostrar que la representación no comienza ni termina en la edición de una noticia. También está presente en la manera en que se mira a las personas antes incluso de que la cámara siquiera comience a grabar.
La representación, entonces, no es solamente aquello que queda frente a la cámara.
También importa quién está detrás de ella.
Contar también es una forma de participar
El artículo 16 de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas reconoce el derecho de los pueblos indígenas a crear sus propios medios de comunicación en sus idiomas y a acceder a otros medios sin discriminación. La UNESCO vincula este derecho con la necesidad de fortalecer las voces indígenas y su presencia en el espacio público.
Desde esa perspectiva, Chezungun es más que un programa de televisión.
Es un espacio para hablar desde una cultura y una lengua propias, sin esperar que otro medio decida cuándo una historia merece ser contada.
La UNESCO señala que los medios indígenas y comunitarios contribuyen a fortalecer la diversidad cultural y lingüística y permiten que las propias comunidades produzcan y distribuyan sus contenidos.
Por eso, mientras sigue discutiéndose cómo mejorar la representación indígena en los medios, en La Victoria las cámaras siguen encendiéndose.
Quizás ahí está la diferencia: no solo ser parte de una noticia, sino tener la posibilidad de contarla desde un lugar propio.
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